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Opinión. Dos esquirlas de tiempo atrás

por Agencia Zona Roja

Diego Enrique Osorno*

Era “narcomenudista” en la playa de La Condesa, en Acapulco, pero un día se peleó a golpes con el hijo de un sicario. Le ganó y como premio tuvo que vivir a salto de mata en el puerto. 

Cuando de plano iban a matarlo, escapó a Cuernavaca. Al llegar ahí casi lo asesinan porque pensaron que era halcón del grupo rival. La “suerte” lo siguió ayudando: dos de los cuatro tipos comisionados para acabar con su vida eran viejos amigos. 

Habían crecido jugando futbol en las canchas de tierra del barrio acapulqueño Progreso y le perdonaron la vida. También le consiguieron un lugar en “el negocio” en Morelos. 

Podría vender cocaína, pero nunca en Cuernavaca, ya que eso estaba prohibido por el señor Beltrán Leyva. Había que cuidar apariencias y, aunque los clientes eran en su mayoría cuernavaquenses, tenían que comerciar la mercancía en el municipio vecino de Jiutepec. “El que quiera veneno, que vaya a Jiutepec”, precisaron. 

Por él supe de un niño de 14 años que luego sería famoso, supuestamente un asesino despiadado, al que apodaban “El Ponchis”. De hecho, el “narcomenudista” de la Condesa también era casi un niño. 

Decía que tenía 18 años, pero no creo que llegara ni a los 16. Me dijo que Cuernavaca estaba mejor que Acapulco para trabajar, porque en el puerto había “limpia”. 

¿Limpia? Me explicó: O sea que barrio por barrio, grupos de hombres armados iban “barriendo” con vendedores y adictos. Limpiando todo, pues. Barrio pobre por barrio pobre, por supuesto. 

A las zonas residenciales como Punta Diamante no llegaba “la limpia” de consumidores. “Lo que se dice es que la gente no quiere que los pobres se eganchen. 

Que mejor nomás los que trabajen y puedan pagar la mercancía”. Claro que ésta es una de esas historias donde “las limpias” pueden considerarse cualquier cosa menos algo higiénico. 

Cuando lo conocí, al “narcomenudista” de La Condesa lo acompañaba otro muchachito de la colonia Doctores del antiguo Distrito Federal, con quien planeaba una aventura empresarial: recorrer el país vendiendo mercancía en ferias populares. 

¿Cómo? Disfrazados de payasos, caminando entre el gentío con globos en la mano y drogas en alguna bolsa del pantalón. “Sé hacer papiroflexia y vender eso. Nada más”, me dijo. 

Nuestro encuentro fue a finales de 2010. Exactamente el 1 noviembre, cuando se celebra con altares a los niños muertos de México. 

Aquella vez, en el Ángel de la Independencia, un grupo de padres y activistas —convocados por una entonces novedosa plataforma llamada Twitter— montaron un altar en recuerdo de los 49 niños fallecidos en el incendio de la Guardería ABC, en Hermosillo, Sonora. 

Desde el mediodía acomodaron las fotografías de los niños, rodeados por veladoras, flores y dulces. Llegué al altar casi a la medianoche. Había unas cuantas decenas de personas y Abraham Fraijo me pidió que leyera, uno por uno, los nombres de los niños fallecidos, incluido el de su hija Emilia. Como pude lo hice. Lleno de dolor. 

El resto de la madrugada me quedé haciendo vigilia, ya con muy pocas personas. No más de 10, recuerdo. 

Mientras pasaban las horas fue apareciendo la fauna de la noche capitalina: policías mirando de reojo el altar de recuerdo y protesta, borrachos de la cercana Zona Rosa llegando atraídos por la tenue luz de las veladoras, trabajadores de la recolección de basura que iban con sus trajes naranja y se persignaban antes de comenzar la jornada, bailarinas de centros nocturnos conmovidas hasta el llanto con las imágenes de los bebés, y así hasta que el vaivén de la marginalidad llevó a los dos muchachitos: el “narcomenudista” de La Condesa y su amigo. 

En algún momento del largo relato que me acompañó en la vigilia, el “narcomenudista” de La Condesa puso cara de hombre jubilado y dijo: “Ojalá se pudiera ser bebé de nueva cuenta. 

A lo mejor hubiera agarrado otro camino y ahorita estaría con las Chivas en la primera división”. 

*** 

Año 2011 después de Cristo. Estoy en San Salvador y es imposible no pensar en el Che Guevara. Es domingo, acabo de llegar y desde el hotel se ve cómo llega la noche de mayo, calurosa y primaveral, a caseríos trepados a la fuerza en las montañas que rodean la ciudad. 

Aquí hace más de 30 años hubo jóvenes que hicieron una revolución para impedirle a un puñado de sátrapas que siguieran matando a diestra y siniestra, lo mismo a campesinos que a curas. 

A esa generación la inspiraba la valentía del Che Guevara, quien se jugó la vida por generosidad, no por conseguir poder. A la generación actual se nos ha dicho que hay que conformarnos con la forma en la que son las cosas. Y punto. 

El doble derrumbe, el del muro de Berlín y el de las Torres Gemelas, derrumbó también las utopías juveniles. Ya no hay nada que hacer, más que adaptarnos.

Pero estábamos en eso y apareció Julian Assange con algo tan delirante (y por ello utópico) como Wikileaks. Assange, como lo define el periodista Ignacio Escolar en un artículo para Orsai, nos estrelló en la cara la teatrocracia en la que vivimos, esa en la que los presidentes tardan 25 segundos en darse la mano, cuando ya han pactado las guerras que había que pactar, y lo que hacen al saludarse sonrientes ante las cámaras solamente es teatro: teatro para los fotógrafos, que también saben que el apretón de manos y las sonrisas son falsas, como lo sabemos la mayoría de los espectadores de la escena. 

Assange es parte de un grupo de jóvenes que alrededor de internet han emprendido las acciones más radicales y de abierto desafío al sistema dominante, las cuales muchas veces no trascienden lo suficiente, como increíblemente pasó en México con los miles de cables secretos de la Embajada de EU divulgados por Wikileaks. 

En la literatura, esta generación ya tiene su representante: se trata de la hacker Lisbeth Salander, una joven justiciera creada por el periodista sueco Stieg Larsson en su trilogía “Millenium” y considerada hasta por el reaccionario Nobel Mario Vargas Llosa, como un personaje inmortal de la ficción. 

Y en la no ficción, el rostro visible de esa generación que defiende el derecho a la utopía, a cambiar las cosas que están mal, es Julian Assange. Pienso esto en San Salvador porque Assange participará vía internet en un foro que organiza un grupo de jóvenes periodistas salvadoreños, varios de ellos hijos de guerrilleros y luchadores sociales de los 80. 

Estos colegas que meten la cabeza en lo oscuro consiguieron que su diario digital, El Faro, sea ya un espacio de periodismo crítico y de referencia, que lo mismo recibe el premio Ortega y Gasset, que los cables diplomáticos de Wikileaks sobre Centroamérica. Las revoluciones son máquinas acorazadas. No se preocupan de los que las hacen. 

A veces estos ni siquiera se dan cuenta de que están ocurriendo. Desde Wikileaks hasta El Faro, pasando por otros proyectos no tan conocidos (aún), se gesta una revolución que no tiene nada que ver con Facebook ni con Twitter, como muchos piensan. Twitter y Facebook, por el contrario, fortalecen el sistema de cosas actual, evidentemente injusto. 

En Twitter te desahogas y en Facebook reivindicas el individualismo. Por eso el sistema premia estas redes, en tanto que a Wikileaks se le baja de la red, y a su creador, Assange, se le persigue y encarcela. 

Ya veremos qué le depara el futuro a El Faro. No es casual que el creador de Twitter sueñe ser el alcalde de Nueva York, y el de Facebook, estrella de Hollywood, casi al mismo tiempo que Assange pida que si muere mañana los archivos secretos que tiene sobre el poder financiero de Wall Street sean dados a conocer. Sin embargo, los nuevos Che Guevaras, además de ser valientes, usan internet. 

*Escritor y periodista.

@DiegoEOsorno

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