Dulce Hemilse Hernández Matías*
Cada diciembre, millones de hogares desempolvan las cajas del Belén. Sacamos con cuidado al niño, a María, a José, a los pastores y los reyes. Y casi siempre, junto al buey, colocamos la pequeña figura del burro. Animal gris, orejas largas y mirada paciente.
Lo ponemos ahí por costumbre, porque «siempre ha estado». Pero, ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar en su verdadero significado? ¿Es simple atrezo o es un actor fundamental en el drama de la salvación?
Para desentrañar este misterio, no basta con mirar la figura. Debemos aprender a verla. El historiador del arte Erwin Panofsky nos enseñó un método para leer las imágenes en tres niveles. El primero es la iconografía: reconocer los objetos y su significado convencional. Vemos un burro. Sabemos que en la Biblia, los burros cargan personas y cosas.
Nivel iconográfico, secundario o convencional: consiste en descifrar los contenidos temáticos afines en los elementos que constituyen una obra de arte. El tercero nivel es la iconología: comprender el significado intrínseco, los valores culturales y teológicos que el objeto representa. Aquí es donde el burro deja de ser un animal para convertirse en un sermón silencioso.
Este texto es un análisis a través de ese segundo y tercer nivel. Para entender al burro del pesebre, primero debemos viajar siglos atrás, a las páginas del Antiguo Testamento. Aquí, el asno no es un animal cualquiera. Es el compañero de los patriarcas y los profetas.
Abraham ensilla su asno para emprender el viaje más duro de su fe: el sacrificio de Isaac (Génesis 22:3). Es la montura de lo cotidiano, pero también de lo trascendente.
Sin embargo, el episodio más revelador es el del profeta Balaam en el libro de los Números (Capítulo 22). Balaam, un profeta, cabalga en su burro para maldecir a Israel. En el camino, un ángel del Señor se interpone con una espada desenvainada. Balaam, el vidente profesional, está ciego a la presencia divina.
Pero su burro lo ve. El animal se aparta del camino, una, dos y tres veces. Finalmente, aplastado por los golpes de su amo ciego, Dios le da voz al animal: «¿Qué te he hecho para que me pegues tres veces?».
Este pasaje es una revolución teológica. El animal, considerado simple e irracional, posee una percepción espiritual que el hombre ha perdido. El burro ve lo que el profeta no puede ver. Es un instrumento de revelación divina. El arte cristiano primitivo, especialmente en las catacumbas, representará esta escena para mostrar que la fe a menudo reside en lo simple y no en lo soberbio.
El burro se establece aquí, por primera vez, como un «vidente», un ser capaz de reconocer la presencia de Dios.
La prefiguración más directa y poderosa del papel del burro en la vida de Cristo se encuentra en la profecía de Zacarías. En un mundo dominado por imperios que exhibían su poder con carros de guerra y majestuosos caballos, el profeta anuncia la llegada de un rey completamente diferente:
“¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí, tu rey viene a ti, justo y salvador, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna” (Zacarías 9:9).
Esta profecía es la clave de bóveda de toda la iconología del burro. El Mesías no llegará sobre un caballo, símbolo de la guerra, la conquista y el poder imperial romano. Llegará sobre un burro, el animal de la gente común, del trabajo diario, de la paz. Su reinado no se impondrá por la fuerza, sino por la humildad.
El burro, por tanto, se convierte en un símbolo mesiánico. No es solo un medio de transporte; es una declaración de principios. Elegir al burro es rechazar la lógica del poder mundano. Es proclamar que el Reino de Dios se funda en la sencillez, el servicio y la paz.
Los artistas cristianos, desde los primeros sarcófagos hasta los grandes frescos del Renacimiento, tendrán esta profecía grabada en su mente cada vez que pinten un burro junto a Cristo o su madre.
El telón del Nuevo Testamento se abre y el burro entra en escena. El decreto del César Augusto obliga a María y José a viajar de Nazaret a Belén. El arte nos ha regalado innumerables representaciones de este viaje. Vemos a una joven María, embarazada, sentada sobre un pequeño y paciente burro. José camina a su lado, guiando al animal con cuidado.
Analicemos esta imagen con ojos iconológicos. El burro no está simplemente transportando a una mujer embarazada. Está llevando en su lomo el tabernáculo viviente, el Arca de la Nueva Alianza. María porta en su vientre al Hijo de Dios, y el humilde asno es el primer trono, móvil y viviente, del Rey del Universo. Es el guardián de la promesa.
Su paso es lento, su resistencia es silenciosa. Simboliza la paciencia de Dios, que se toma su tiempo para entrar en la historia humana. El animal, sin saberlo, participa en el momento cumbre de la historia de la salvación.
Los artistas a menudo lo pintan con una expresión de serena dignidad, como si fuera consciente del tesoro que transporta. Es el primer servidor del Verbo hecho carne, un modelo de servicio fiel y sin pretensiones.
Llegamos a Belén. Al establo. Y ahí está nuestro burro, junto al buey, contemplando al niño recién nacido. Su presencia no es un capricho de San Francisco de Asís, inventor del belén.
Tiene raíces teológicas profundas, que se hunden de nuevo en el Antiguo Testamento. El profeta Isaías se lamenta de la ceguera de Israel con una metáfora poderosa:
“El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende.” (Isaías 1:3). Los Padres de la Iglesia vieron en esta frase una profecía cumplida en la noche de Navidad.
Mientras los hombres «no tenían sitio para ellos en la posada» y el mundo dormía ignorante, los animales más sencillos, el buey (símbolo del pueblo judío, bajo el yugo de la Ley) y el asno (símbolo de los pueblos gentiles, cargados con la idolatría), son los primeros en reconocer a su Creador en la fragilidad de un bebé.
En miles de pinturas y en cada belén doméstico, el burro no es un simple animal de granja. Es la representación de la fe instintiva, de la creación que adora a su Hacedor. Su aliento, según la piadosa tradición popular, calienta al niño, ofreciendo el calor que el mundo le negó. El burro del pesebre es un reproche a nuestra ceguera y una invitación a reconocer a Dios en lo pequeño y humilde.
La historia no termina en el pesebre. La amenaza de Herodes obliga a la Sagrada Familia a huir. Y una vez más, el burro es el vehículo de la salvación. En las representaciones de la Huida a Egipto, vemos de nuevo la misma escena del viaje a Belén, pero ahora teñida de urgencia y peligro.
El burro ya no solo transporta a la madre y al niño; los está salvando. Se adentra en el desierto, un lugar de prueba y peligro, llevando la esperanza del mundo lejos de la espada del tirano. Aquí, el burro encarna la Providencia de Dios. Es el instrumento humilde pero eficaz que Dios utiliza para proteger a su Hijo.
Artistas como Giotto o Fray Angelico pintan al burro con paso firme, atravesando paisajes áridos y peligrosos. Su figura representa la perseverancia en la adversidad. Simboliza a la Iglesia peregrina, que a lo largo de la historia debe huir de las persecuciones del mundo, llevando siempre consigo el tesoro de Cristo. El burro es el guardián de la fe en tiempos de exilio.
El círculo se cierra. El viaje que comenzó en la oscuridad de Nazaret culmina en la entrada triunfal en Jerusalén. Jesús, a punto de comenzar su Pasión, elige conscientemente su montura. Pide a sus discípulos que le traigan un pollino, «uno que ningún hombre ha montado todavía» (Marcos 11:2).
Este es el cumplimiento literal de la profecía de Zacarías. La elección del burro es un acto performativo, una declaración pública y deliberada. En una ciudad acostumbrada a ver a los gobernadores romanos y a los reyes herodianos desfilar sobre imponentes caballos de guerra, Jesús entra como el Rey de la Paz. Es una teología en movimiento.
El arte del Domingo de Ramos es explícito en este contraste. Giotto, en la Capilla Scrovegni, pinta a Jesús sobre un burrito pequeño, casi cómico en su humildad, mientras la multitud lo aclama como a un rey.
La imagen es una paradoja visual: la grandeza divina manifestada en la máxima pequeñez. El burro es el pedestal de esta paradoja. Es el trono que no humilla a sus súbditos, sino que se abaja con ellos.
Al cargar a Cristo, el burro se convierte en el símbolo definitivo del poder de Dios, que no se encuentra en la opresión sino en el servicio amoroso.
Ahora podemos dar el paso final de Panofsky y preguntarnos: ¿qué nos dice todo esto sobre los valores fundamentales del cristianismo? ¿Cuál es el significado intrínseco, la “iconología» del burro?
El burro es la encarnación de la kénosis, el vaciamiento de sí mismo del que habla San Pablo (Filipenses 2:7). Dios no elige lo fuerte, lo sabio o lo noble del mundo para llevar a cabo su plan, sino lo débil, lo necio y lo despreciado. El burro, un animal a menudo asociado con la terquedad y la simpleza, es elegido para estar presente en los momentos más cruciales: el nacimiento, la huida y la proclamación mesiánica de Jesús. Es la criatura que carga a Dios.
Es, por tanto, un modelo de discipulado. El burro no habla (salvo el de Balaam, por milagro), no hace proezas. Simplemente está ahí. Sirve. Carga. Obedece. Su virtud es la paciencia, la resistencia y la fidelidad silenciosa. En un mundo que nos exige ser protagonistas, el burro nos enseña la santidad de ser un actor de reparto en el plan de Dios, de cumplir nuestra misión con humildad y sin buscar el aplauso.
El burro une el Antiguo y el Nuevo Testamento. Es el hilo conductor que va desde la profecía de Zacarías hasta su cumplimiento en el Evangelio. Es el testigo que «vio» al ángel cuando el profeta estaba ciego y que «reconoció» a su Señor en el pesebre cuando el mundo le dio la espalda.
Volvamos ahora a esa pequeña figura que colocamos en nuestro belén cada Navidad. Ya no podemos verla de la misma manera. No es un adorno rústico. Es un compendio de teología.
Ese pequeño burro de barro o plástico es un recordatorio de que Dios irrumpe en la historia desde abajo, desde la periferia. Nos recuerda que el verdadero poder reside en la humildad y el servicio. Nos invita a tener la «visión» del burro de Balaam, la capacidad de ver la presencia de Dios donde otros solo ven normalidad.
Nos llama a ser como el burro del pesebre: a reconocer y adorar a Cristo en la fragilidad y la pobreza. Nos anima a ser como el burro de la huida a Egipto: protectores de la fe en un mundo hostil. Y, sobre todo, nos desafía a ser como el burro del Domingo de Ramos: a «cargar» a Cristo en nuestra vida diaria, a llevar su mensaje de paz y humildad por las calles de nuestro mundo, aunque este prefiera el estruendo de los caballos de guerra.
Cada vez que un niño coloca esa figura junto al pesebre, está, sin saberlo, repitiendo un acto de profunda confesión de fe. Está afirmando que el rey de su vida no es el que domina por la fuerza, sino el que sirve con amor.
El arte cristiano, leído con las herramientas adecuadas, es una biblioteca de teología visual. Y en esa biblioteca, el burro ocupa un estante de honor. Su historia es la historia de unaelección divina que subvierte todos los valores humanos. Es el animal que demuestra que la percepción espiritual no depende de la inteligencia, sino de la sencillez de corazón.
La próxima vez que vea un burro en una pintura o en el belén de su casa, no lo pase por alto. Deténgase un momento. Observe su mirada paciente, su lomo dispuesto. En ese humilde animal de orejas largas se esconde una de las lecciones más profundas y hermosas del cristianismo: que Dios confía sus tesoros más grandes a los más pequeños de sus siervos.
Y esa es una verdad que resuena hoy con más fuerza que nunca.
Referencias:
1. 2. 3. 4. 6. 7. Biblia Reina-Valera, (1960). «Lucas 2:1-7».
Biblia Reina-Valera, (1960). «Mateo 21:1-11».
Biblia Reina-Valera, (1960). «Éxodo 23:12».
Biblia Reina-Valera, (1960). «Números 22:21-33».
5. Zacarías 9:9.
Lorite, Pablo Jesús. (Año). El Burro: Teología y Simbología en el Cristianismo.
Ripa, Giovanni Battista. (Año). Iconografía Cristiana.
*Historiadora con un enfoque en la investigación, la academia y la gestión educativa. Su formación incluye un Doctorado en Historia Global y múltiples maestrías, con especialización en Historia del Catolicismo, Arte Sacro y Gestión.
X: @Hemilse
