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Opinión.El embajador oaxaqueño en Caracas

por Agencia Zona Roja

Néstor Y. Sánchez Islas.

Es correcto, el embajador mexicano en Caracas, Venezuela, es el juchiteco Leopoldo De Gyves de la Cruz. Pero ¿Qué hace un autodenominado luchador social en un puesto diplomático para el que carece absolutamente de preparación? Creo que fueron tres cosas: un premio de consolación, la lealtad con la causa y la pertenencia ideológica al grupo en el poder. Esto lo convierte, entonces, más que como un embajador de México en solo un comisario político de López Obrador ante el chavismo.

Allá por 2022 le declaró a Octavio Vélez, cándidamente, que el puesto era un reconocimiento a su lucha social y política, a las luchas del pueblo istmeño por todos aquellos revolucionarios mexicanos que habían luchado contra el autoritarismo y la represión y por los desaparecidos. Añadió que, para la república bolivariana de Venezuela, su perfil político era apropiado.

Pero el chavismo representa todo contra lo que luchó en Oaxaca.

El embajador está ahora en medio de un conflicto internacional y, con seguridad, en la mira de la agencias de inteligencia norteamericana por la legitimación de un régimen espurio frente al desconocimiento internacional por las elecciones fraudulentas del año pasado en ese país. Su asistencia a la toma de Maduro en enero del año pasado fue una legitimación de facto. Esta implicación es, para los norteamericanos, un espaldarazo para un dictador al que juzgarán como narcoterrorista.

Según noticias de ese país, dedica más tiempo a su interlocución con el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, que dedicarse a tareas diplomáticas, en las que se involucra en labores de resistencia ante el imperialismo de USA, pero no del de Rusia o China. Para los norteamericanos, De Gyves se convirtió en un interlocutor de confianza entre la 4T y Maduro en la que su trabajo principal fue más por la preservación del modelo político del chavismo que una neutralidad diplomática. Seguramente para las agencias de inteligencia norteamericanas y para Trump, el trabajo del embajador ha sido una forma de obstrucción pasiva.

No hay evidencias públicas de que el trabajo del embajador haya logrado avances en la democratización, apertura de mercados o inversiones, mucho menos avance alguno por el pago de las indemnizaciones para las empresas mexicanas que Hugo Chávez expropió. Su trabajo se ve como un esfuerzo de supervivencia compartida entre el chavismo y el morenismo, ambos con acusaciones de narcotráfico. Este tipo de trabajo es más para un comisario político que para un embajador plenipotenciario.

Entre otras cosas, el embajador y su movimiento han tratado de presentarnos a Maduro como un hermano latinoamericano para disminuir las críticas sobre las acusaciones sobre su involucramiento con el narcoterrorismo. La postura de no intervención es absolutamente oportunista ante los vaivenes que vemos de la cancillería mexicana ante los diferentes gobiernos de Latinoamérica. No se conocen declaraciones personales del embajador más allá de replicar los boletines del gobierno mexicano en cuanto al atentado a la soberanía de Venezuela, pero nada sobre el fraude electoral que cometió para mantenerse en el poder.

Los Estados Unidos tienen abiertas investigaciones sobre el uso de valijas diplomáticas para el traslado de drogas y lavado de dinero. Esas valijas pasaron por México y podría sospecharse que la embajada de nuestro país pudo haber tenido algo que ver. Habrá que esperar, si es el caso, a lo que en algún momento puedan informar las autoridades norteamericanas.

Leopoldo De Gyves continúa como embajador a pesar de la intervención norteamericana en suelo venezolano. La vida le coloca en un momento y lugar en que podría tener la oportunidad de jugar algún papel relevante, pero no podemos dejar de lado que ni él ni el gobierno mexicano han dicho nada durante años y han guardado un silencio cómplice ante la conversión de Venezuela como el principal bastión islamista en el hemisferio occidental.

Los lazos con Irán y el terrorismo que patrocinan son evidentes y hace muy poco se frustró un atentado contra la embajadora de Israel en México operado por Irán desde Venezuela. Nada han dicho de la abierta cooperación militar y tecnológica no solo con Irán, sino con China y Rusia, otras potencias imperiales tan ruines como cualquier otro imperio.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador y el entonces canciller Marcelo Ebrard promovieron su perfil bajo el concepto de «diplomacia indígena». Al ser de origen zapoteco, se le presentó como un símbolo de la representatividad de los pueblos originarios en el exterior, buscando establecer vínculos con los movimientos sociales y pueblos indígenas de América Latina.

La diplomacia indígena, simplemente, no existe, solo es una falsa postura del régimen para legitimarse ante el mundo.

nestoryuri@yahoo.com

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