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Opinión. Leona Vicario y la economía invisible de la insurgencia

por Agencia Zona Roja

Dulce Hemilse Hernández Matías* 

El 10 de abril es uno de esos días en que la historia mexicana se pliega sobre sí misma: en 1789 nació Leona Vicario; en 1919 fue asesinado Emiliano Zapata. Dos fechas que no dialogan en los libros de texto, pero que, puestas una junto a la otra, exhiben una asimetría persistente: la diferencia entre ser narrada y ser convertido en símbolo.

En los salones de clase, la escena suele ser predecible. El nombre de Zapata aparece rodeado de palabras que pesan: tierra, justicia, revolución. Hay imágenes, bigote espeso, mirada fija, el caballo, hay consignas, hay continuidad. Zapata no es solo un personaje: es un relato completo, autosuficiente, casi indiscutible. Su figura ha sido reiterada en los materiales escolares como uno de los ejes de la identidad nacional, un “héroe popular” cuya historia sintetiza demandas agrarias y luchas colectivas (Secretaría de Educación Pública [SEP], 2023).

Leona Vicario, en cambio, entra por otra puerta. No hay épica visual sostenida, no hay iconografía dominante. Su nombre aparece, sí, pero encapsulado: apoyó, financió, colaboró. Verbos que orbitan alrededor de otros. En los libros de texto, su figura suele ser presentada como excepcional, “una de las pocas mujeres”, lo que en términos historiográficos no amplía la narrativa: la delimita.

Sin embargo, los documentos dicen otra cosa. Vicario fue integrante activa de la red insurgente conocida como Los Guadalupes; fungió como informante, gestionó recursos económicos, escribió y sostuvo, con dinero propio, operaciones insurgentes (Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México [INEHRM], 2019). No fue una presencia auxiliar, sino una operadora política en sentido pleno. La historiadora Patricia Galeana ha insistido en que su papel fue estratégico y que su participación rompió con los márgenes tradicionales asignados a las mujeres en el periodo (Galeana, 2010).

Los libros de texto gratuitos en México desde su creación en 1959 no solo han transmitido conocimiento: han construido un canon. Como ha señalado Elsa Cecilia Frost, la historia escolar es siempre una selección, una forma de ordenar el pasado según intereses políticos y culturales (Frost, 2009). En esa selección, las mujeres han sido sistemáticamente reducidas.

El problema no es la ausencia total, sino la forma de la presencia. Aparecen como figuras aisladas, no como parte de procesos estructurales. No hay redes de mujeres insurgentes, no hay comunidades, no hay genealogías. Hay nombres propios sin contexto colectivo. Es una inclusión que no transforma la narrativa dominante.

En contraste, las figuras masculinas como Zapata no solo son descritas: organizan el relato. La Revolución Mexicana, en los libros de texto, puede leerse a través de ellos. Son ejes interpretativos. Son categorías.m

La Secretaría de Educación Pública, en el marco de la Nueva Escuela Mexicana, ha intentado en años recientes incorporar una perspectiva más inclusiva. Los nuevos libros de texto (2023–2024) introducen narrativas comunitarias, cuestionan la historia lineal y buscan integrar actores históricamente marginados (SEP, 2023).

Sin embargo, la crítica historiográfica ha sido puntual: la inclusión de mujeres no siempre implica una reconfiguracióndel relato. Como advierte Mary Kay Vaughan, los proyectos educativos en México han tendido a incorporar nuevos sujetos sin desmontar las estructuras narrativas que los subordinan (Vaughan, 1997).

Así, Leona Vicario puede aparecer con mayor frecuencia, pero sigue siendo leída desde categorías que no le pertenecen: la excepción, la heroína singular, la mujer valiente en un mundo de hombres. No como parte de una red política femenina, no como sujeto colectivo.

Zapata está en los murales de Diego Rivera, en los discursos políticos, en las marchas campesinas. Su imagen circula, se reproduce, se resignifica. Es un cuerpo que sigue presente.Vicario, en cambio, rara vez sale del texto. No habita el espacio público con la misma intensidad simbólica. No hay una iconografía popular que la sostenga. Su memoria depende, en gran medida, de la mediación escolar.

Y ahí en esa mediación es donde se decide qué vidas se expanden y cuáles se contraen, quizá el problema no sea solo historiográfico, sino narrativo. Como ha planteado Joan Scott, el género no es únicamente una categoría de análisis, sino una forma de organizar la experiencia histórica (Scott, 1986). En los libros de texto mexicanos, esa organización sigue operando bajo una lógica donde lo masculino es sinónimo de acción y lo femenino de acompañamiento.

Reescribir la historia no consiste en añadir mujeres a un relato ya dado. Implica desmontar la arquitectura que define quién puede ser protagonista y quién no. Implica reconocer que la nación no fue hecha por héroes individuales, sino por tramas complejas donde las mujeres no fueron excepción, sino parte constitutiva.

Hasta que eso no ocurra, cada vez que el calendario marque este día, la historia seguirá repitiendo su gesto: hacer visible al hombre, y apenas legible a la mujer.

Referencias 

• Frost, E. C. (2009). “Las categorías de la historia en México”. México: UNAM.

• Galeana, P. (2010). “Leona Vicario: la insurgente. México”: INEHRM.

• Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). (2019). “Leona Vicario y la Independencia de México”. Gobierno de México. https://www.gob.mx/inehrm

• Scott, J. W. (1986). Gender: “A useful category of historical analysis. The American Historical Review”, 91(5), 1053–1075. https://doi.org/10.2307/1864376

• Secretaría de Educación Pública (SEP). (2023). Libros de texto gratuitos de la Nueva Escuela Mexicana. Gobierno de México. https://www.sep.gob.mx

• Vaughan, M. K. (1997). “Cultural politics in revolution: Teachers, peasants, and schools in Mexico”, 1930–1940. University of Arizona Press.

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