Néstor Y. Sánchez Islas
La Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, UABJO, enfrenta un nuevo cambio de Rector que, siendo un evento que debería girar en torno a la vida académica se inscribe en la lógica del manoseo político. Los intereses externos de grupos políticos, mafias sindicales y hasta crimen organizado han convertido a la institución más que en un espacio para el conocimiento, en una estructura de control social.
La presencia de aspirantes con vínculos directos con el poder ejecutivo estatal no es un detalle menor. En un sistema político en donde el gobierno ejerce un poder hegemónico, la cercanía al gobierno suele traducirse en ventajas materiales y organizativas. La literatura sobre el clientelismo político ha mostrado que el flujo de recursos no es neutral: construye lealtades y compromisos. Bajo esta lógica, el financiamiento anticipa la subordinación del Rector al gobernador.
Un Rector surgido de esta forma, más que un líder académico ejercerá como un mediador político y administrador y garante de pactos de sometimiento político. Una institución así deja de ser un espacio para el conocimiento para transformarse en un espacio de reproducción del poder.
El modelo de elección mediante voto estudiantil tiene raíces en el Movimiento Universitario de los años setenta, que buscaba democratizar instituciones percibidas como elitistas. Sin embargo, toda organización tiende a ser capturada por minorías organizadas. En el caso de la UABJO, los mecanismos de participación fueron progresivamente colonizados por grupos con capacidad de movilización, donde el número de votos terminó imponiéndose sobre la reflexión y el análisis.
Este modelo reproduce el modelo priista del siglo XX, que integró en sus estructuras a sindicatos, organizaciones estudiantiles y colectivos con fines electoreros y de control social. El régimen les otorgaba prebendas y espacios de poder y estos actores garantizaban apoyo político. El acarreo de estudiantes para el registro de candidatos en este proceso universitario revela la profundidad de la herencia de aquel viejo PRI en las nuevas estructuras de poder actual.
No obstante, hay un elemento aún más preocupante que la intromisión política: la transformación del estudiantado en masa domesticada. Las escenas de jóvenes participando en actos proselitistas, no como personas pensantes sino como acarreados, evocan las viejas “fuerzas vivas” del sistema corporativo. Quiero suponer que estos jóvenes borregos acudieron más que por convicción, por presión de sus profesores a través de calificaciones o favores.
Ver tantos acarreados caminando disciplinadamente en esas “multitudinarias calendas” es una paradoja ante la universidad “crítica, científica y popular” que fue la bandera del Movimiento Universitario de los años 70 y que es el responsable de esta modalidad de elección del Rector.
Esperaríamos que la Universidad formarasujetos con capacidad de cuestionar al poder, pero más bien están aprendiendo la dinámica de la obediencia ciega. Estos jóvenes son un ejemplo de la erosión del pensamiento crítico que provoca una Universidad dedicada al servicio de sus sindicatos y del poder y no al servicio de los estudiantes, la ciencia y la sociedad.
Pensadores como Pierre Bourdieu explicaron como las instituciones educativas pueden reproducir las estructuras del poder en lugar de transformarlas. Por tanto, cuando el capital político pesa más que el académico, la Universidad deja de ser un espacio para el intelecto para convertirse en un espacio de legitimación del poder. Más que un contrapeso, la institución es un peón político.
En la UABJO, en donde confluyen debilidad institucional, prácticas clientelares y precariedad académica se generan incentivos perversos en donde los estudiantes aprenden que participar políticamente rinde más beneficios que destacar académicamente.
Nuestra Universidad es un ejemplo del daño que provoca la colonización de instituciones por parte del poder político. Más aún, cuando el poder se colude con el crimen organizado. Más que una anomalía, el sometimiento de la UABJO es el patrón de comportamiento de la 4T.
Recuperar la universidad implica replantear sus fundamentos. Sin autonomía efectiva, sin procesos transparentes y sin una comunidad estudiantil capaz de ejercer pensamiento crítico, cualquier avance será superficial. Lo que está en juego no es únicamente la elección de un Rector, sino la posibilidad misma de que la universidad cumpla su función social.
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿puede una institución capturada formar ciudadanos libres? Mientras no se responda, la universidad seguirá oscilando entre la simulación democrática y la reproducción del poder que, en teoría, debería cuestionar.
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