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Opinión. Un estadio, una plaza comercial y una polémica

por Agencia Zona Roja

Néstor Y. Sánchez Islas

La construcción del nuevo estadio “Eduardo Vasconcelos” y del centro comercial “Parque Oaxaca”, en la icónica Calzada Porfirio Díaz de la colonia Reforma, ha desatado una resistencia que, para observadores externos o meramente pragmáticos, podría parecer desproporcionada. A escala nacional, ninguna de las dos obras es monumental; sin embargo, el debate local les ha dado una dimensión enorme: miles de discusiones en redes sociales, la toma simbólica del estadio y protestas vecinales contra la plaza comercial.

Desde mi punto de vista, ambas obras tienen una balanza positiva, aunque los problemas que muchos señalan son reales y no deben minimizarse.

El nuevo estadio existe gracias a la inversión privada impulsada por Alfredo Harp Helú y su pasión por el béisbol. Si esta obra se hubiera construido en el Istmo de Tehuantepec, encontraría una lógica histórica más clara, porque en esa región el béisbol forma parte de la identidad colectiva desde finales del siglo XIX. Como ocurrió en el norte del país, este deporte llegó de la mano de ingenieros estadounidenses vinculados al Ferrocarril Interoceánico y a las zonas petroleras de Coatzacoalcos. Mucho antes de que la capital tuviera un equipo organizado, en el Istmo ya existían ligas regionales consolidadas.

En los Valles Centrales, en cambio, el béisbol nunca se integró plenamente a la identidad popular. Durante décadas fue una práctica asociada principalmente a sectores medios y altos. Nunca tuvo el arraigo social que sí alcanzó, por ejemplo, el básquetbol en la Sierra Juárez. Esa falta de interés también explica la histórica ausencia de infraestructura deportiva como la que hoy se inaugura.

El fenómeno actual del béisbol en la capital oaxaqueña no es orgánico; es el resultado de un proyecto cultural y deportivo impulsado por el capital privado y la filantropía. El verdadero quiebre histórico ocurrió en 1996, cuando Harp Helú adquirió la franquicia de los Guerreros de Oaxaca y trasladó a la ciudad una plaza de la Liga Mexicana de Beisbol.

El estadio representa una obra importante para Oaxaca porque dota a la ciudad de infraestructura profesional y de un espectáculo de primer nivel. Sin embargo, también genera problemas evidentes. Cuando el antiguo estadio fue construido, en 1950, se encontraba prácticamente en los límites urbanos; hoy está rodeado por una de las zonas con mayor densidad comercial, escolar y vehicular de la ciudad. El colapso vial en días de juego es previsible. También lo son la privatización informal del espacio público mediante ambulantaje y los “viene-viene”.

A ello se suman la contaminación sonora y lumínica. Un estadio moderno está diseñado para el entretenimiento masivo: música, luces, vibraciones y ruido. Todo ello afecta tanto a los habitantes como a la fauna urbana.

El beneficio patrimonial que los Harp aportan a Oaxaca es innegable: dinamiza la economía, fortalece la oferta cultural y moderniza parte de la ciudad. Pero su ubicación actual resulta cada vez más insostenible bajo criterios contemporáneos de movilidad y habitabilidad urbana.

En menor escala, la construcción de la nueva plaza comercial también ha provocado fricciones, particularmente por las denuncias de presión hacia propietarios que no quisieron vender sus predios. Ellos tienen pleno derecho al respeto de su decisión y a la protección de sus derechos por parte de las autoridades.

Aun así, los beneficios económicos y urbanísticos también son evidentes: aumento de plusvalía, renovación de infraestructura y consolidación de un corredor urbano que conectará el zócalo, al Llano, Jalatlaco y la Ciudad de las Canteras.

Para entender la resistencia a estas obras hay que reconocer que el espacio urbano no es un vacío neutral, sino un campo de disputa social y política. Quienes se oponen a la plaza comercial ven en ella la sustitución de una memoria urbana por un bloque asociado al consumismo y a la gentrificación. En una ciudad marcada por el estrés hídrico y la crisis de residuos, la llegada de un gran centro comercial despierta sospechas inmediatas sobre el uso y control de recursos básicos.

Pero existe un elemento aún más profundo: la narrativa política de la protesta en Oaxaca. Aquí, la movilización social no solo es un mecanismo de presión; también es una forma de entender la ciudadanía y la legitimidad pública. Durante décadas, grupos como la Sección 22 moldearon una conciencia colectiva donde la resistencia otorga superioridad moral frente a quienes apoyan proyectos de modernización. Bajo esa lógica, el estadio o la plaza comercial no son vistos como símbolos de desarrollo, sino como expresiones de un modelo global que amenaza con homogeneizar la identidad urbana de Oaxaca. Esas obras son bienvenidas.

nestoryuri@yahoo.com

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