Néstor Y. Sánchez Islas.
Contrario a lo que la mayoría cree, el poder no siempre se sostiene sobre la fuerza de las bayonetas. El siglo XX nos enseñó que existe un arma mucho más poderosa que la espada: el control de la narrativa.
A través de la historia hemos visto que aquellos que han logrado el control para definir el sentido de las palabras tiene la mitad del camino recorrido, y ganado hacia la conquista del poder. La historia también nos ha enseñado que no se trata únicamente de gobernar, sino de convencer a la sociedad de que una determinada ideología es la única legítima.
Un sociólogo admirado y seguido por la izquierda, el italiano Antonio Gramsci, llamó a este fenómeno la “hegemonía cultural”. No es tan complicado: un grupo triunfará cuando consiga que sus intereses particulares sean percibidos como del interés general. Una vez en ese camino, quien se atreva a cuestionar la narrativa dominante será tachado de traidor a la patria, conservador, neoliberal, porfirista, capitalista y muchos otros adjetivos que grupos como la Sección 22 guarda en su repertorio y que con ello han convertido a Oaxaca en el peor de los ejemplos.
Durante décadas, grupos de agitadores políticos y sociales, lograron construir una narrativa en la que cualquier movilización era presentada automáticamente como una expresión legítima de lucha popular. Las afectaciones económicas, los bloqueos, la suspensión de clases o los daños a terceros quedaban relegados a un segundo plano frente a una narrativa épica que hablaba de soberanía, resistencia, dignidad y transformación social.
La propia expresión “Ciudad de la Resistencia”, utilizada por el magisterio para referirse a Oaxaca, ilustra perfectamente este mecanismo. A primera vista parece una frase inocente, incluso romántica. Sin embargo, detrás de ella existe una poderosa operación simbólica: presentar a un grupo político o social como representante de toda la sociedad oaxaqueña.
La ignorancia va de la mano de la Sección 22 y es necesario darle contexto al robo de la frase. La “ciudad de la resistencia” se refiere originalmente a una ciudad del norte de Argentina que, a finales del siglo XIX, tuvo una “resistencia heroica” de los blancos contra las poblaciones indias que reclamaban los territorios despojados por los emigrantes europeos.
El plagio no es una acción inocente y la historia lo demuestra. Quien se autodefine como resistente, de inmediato se atribuye una superioridad moral y, quien se atreve a cuestionarlo es presentado de inmediato como un enemigo al que hay que quemar vivo en alguna hoguera porque es un enemigo del pueblo y, por tanto, aliado de los conservadores. De esta manera, la discusión deja de centrarse en los resultados concretos para trasladarse al terreno emocional, en donde ellos siempre ganaban. Hoy las redes sociales les demuestran que ya no es así.
Durante veinte años predominó la narrativa que describía lo del 2006 como una insurrección popular y democrática. Sin embargo, con el paso de los años han ido surgiendo otras evidencias y, sobre todo la verdad porque mucha gente se pregunta que beneficios concretos obtuvo Oaxaca después de meses de destrucción, parálisis económica y deterioro institucional. No debemos dejarnos llevar por lo simbólico, por las promesas e idealismo inútiles, sino por los resultados obtenidos.
No hay duda, la narrativa construida en 2006 posibilitó la llegada al poder político del grupo que hoy nos gobierna. Los protagonistas de entonces ocupan hoy las posiciones del poder. Esto permite observar un fenómeno recurrente en la historia: las narrativas no solo sirven para movilizar personas; también sirven para construir legitimidades que posteriormente pueden transformarse en capital político.
La batalla de hoy se libra en las redes sociales, y un breve vistazo deja ver claramente que una inmensa mayoría los rechaza. Miles de perfiles reales y falsos participan diariamente en una disputa permanente por definir qué acontecimientos deben indignar a la sociedad, cuáles deben ignorarse y quién tiene derecho a ser considerado víctima o héroe. A pesar de la baja escolaridad de una inmensa mayoría y de la falta de herramientas de análisis crítico, las opiniones les resultan contrarias simple y sencillamente porque, mientas los profesores cobran puntualmente, la gente lucha día a día por un ingreso. Los discursos simplificadores y relatos lacrimosos de algunos profesores en las redes ya no conmueven a la gente.
Toda esta manipulación de la narrativa tiene a Oaxaca en el estado en el que está y al país en la agonía económica que atraviesa. La falta de capacidad de la gente para distinguir entre los hechos verdaderos y el relato del discurso político tiene al país sumido en la violencia y en la desesperanza.
