Inicio COLUMNA Opinión. La luz que se come

Opinión. La luz que se come

por Agencia Zona Roja

Dulce Hemilse Hernández Matías* 

El 2 de febrero no empieza en las iglesias.

Empieza antes.

Empieza en las cocinas.

Desde temprano, el maíz ya está despierto. Hay vapor saliendo de las ollas grandes, manos que amarran hojas, voces que preguntan si ya está listo el atole. 

El día todavía no aclara del todo y ya hay algo encendido. No es la vela. Es la costumbre. 

En muchas casas de México, este día no se anuncia con campanas sino con tamales. No es un exceso gastronómico: es una continuidad histórica. Algo que viene de lejos y se repite sin necesidad de explicarse.

La Candelaria es eso: una fiesta que no grita. Permanece.

En el calendario litúrgico católico, el 2 de febrero conmemora dos escenas discretas del Evangelio: la purificación de María y la presentación del niño Jesús en el templo. 

No hay milagros espectaculares. No hay multitudes. Hay una mujer joven que cumple la ley y un niño llevado en brazos. Cuarenta días después del parto, según la tradición judía, la madre debía purificarse. 

Ese gesto humilde, reglamentado, cotidiano que fue incorporado por el cristianismo primitivo como una fiesta de cierre. El final del ciclo navideño.

La Iglesia la llamó la Presentación del Señor. El pueblo la llamó Candelaria.

El nombre vino después, cuando las velas comenzaron a bendecirse como signo de Cristo-luz. Luz para los pueblos. Luz que no encandila. Luz que acompaña. 

La Virgen de la Candelaria no es una virgen doliente ni una reina barroca. Es una mujer de pie. Sostiene a un niño. A veces lleva una vela. A veces no. Su gesto no es dramático. Es firme.

La mariología la coloca en un sitio preciso: María no se exalta a sí misma. Se presenta. Cumple. Se integra a la ley. No se separa del mundo. Por eso esta advocación echó raíces profundas en comunidades donde la fe no se vive como excepción, sino como continuidad. La Virgen de la Candelaria no interrumpe la vida: la acompaña.

La devoción viajó.

Cruzó mares.

Desde Europa llegó a América en los barcos de la conquista, traída por órdenes religiosas que entendieron rápido que la evangelización no entraba por la fuerza sino por los símbolos. 

La Candelaria tenía algo que otras fiestas no: luz, sí, pero también tiempo. Coincidía con ciclos antiguos. Con esperas. Con la tierra. 

En México, esa coincidencia fue decisiva. Antes de que existieran las velas benditas, ya había fechas marcadas para pedir fertilidad, lluvia, continuidad. El calendario agrícola mesoamericano no era un almanaque: era una lectura del cielo y de la tierra.

El maíz no era un cultivo. 

Era una relación.

Febrero marcaba el umbral. No la siembra aún, pero sí la preparación. 

El cuerpo de la tierra comenzaba a disponerse. 

Se pedía permiso. 

Se agradecía lo que había quedado del ciclo anterior.

Cuando la Candelaria llegó, no desplazó ese tiempo. Se montó sobre él.

Por eso el maíz está en el centro de la fiesta.

No como comida festiva, sino como símbolo.

Los tamales no son un antojo, son masa envuelta. Maíz contenido. Son la promesa de lo que viene cubierto por la hoja. Atole: maíz bebido, maíz que reconforta, que calienta.El gesto de compartirlos no es social: es ritual. 

Comer juntos ese día es una forma de decir que la tierra sigue dando y que la comunidad sigue junta. En algún punto del siglo XIX, las prácticas se entrelazaron aún más. La Rosca de Reyes introdujo un juego que no es un juego: encontrar al niño escondido y hacerse cargo de él.

Quien encuentra la figura del Niño Jesús no gana.

Se compromete.

El 2 de febrero, ese compromiso se materializa: vestir al Niño, llevarlo a bendecir, invitar los tamales. La fe se vuelve acto concreto. El símbolo baja del altar y se sienta en la mesa. 

El Niño Dios en México no es una imagen pasiva. Tiene guardarropa, las familias lo visten con cuidado. No improvisan. Hay tiendas especializadas, modistas, bordadoras. Ropones blancos, capas doradas, pequeños trajes que replican iconografías antiguas: el Niño de las Palomas, el Niño Doctor, el Niño de la Abundancia.

Cada vestidura dice algo.

Cada elección es una petición.

No es moda. 

Es lenguaje simbólico.

La iconografía del Niño y de la Virgen no responde solo a cánones europeos. Se ha tropicalizado, se ha vuelto doméstico. Las figuras están sentadas en sillones de la sala. A veces junto al televisor. A veces sobre un mantel bordado por la abuela. No hay contradicción. La fe no exige escenografía solemne. Exige presencia.

En las iglesias, el 2 de febrero no hay silencio. Hay murmullos. Llanto de niños. Ropones que rozan el piso. Velas que se inclinan cuando el sacerdote pasa. Las familias levantan al Niño para la bendición. No lo hacen con grandilocuencia. Lo hacen con cuidado. Como se levanta algo frágil. Algo que importa. La vela se enciende. No para iluminar el templo, sino para llevarse a casa. Se guardará para tormentas, enfermedades, momentos difíciles.

La luz no es decorativa. Es preventiva.

En algunas comunidades, la Candelaria sigue marcando el ritmo agrícola. Se pide por la lluvia. Se pide por la milpa. Se pide por la continuidad. No se habla de sincretismo. Se vive.La Virgen de la Candelaria camina entre surcos simbólicos. No reemplazó a las antiguas deidades del maíz: heredó su función. Dar paso. Acompañar el inicio.

En América Latina, la fiesta se multiplica en formas. Danzas, procesiones, fuegos artificiales. En México, en cambio, la celebración es más íntima. Más doméstica. Aquí, la Candelaria no se mira: se come, se carga, se¡e comparte.Hay algo profundamente comunitario en esta fiesta: no necesita discurso. No necesita explicación, se sostiene en la repetición.

Cada año, el mismo gesto.

Cada año, la misma luz.

Cada año, el mismo maíz.

Y sin embargo, nunca es idéntica.

La Candelaria no es una reliquia del pasado,es una práctica viva, una manera de habitar el tiempo, de cerrar un ciclo y preparar otro. Cuando la última vela se apaga y la olla queda vacía, algo queda encendido, no es fe abstracta es continuidad. En un país atravesado por rupturas, la Candelaria insiste, no como nostalgia como persistencia.

La luz no deslumbra.

El maíz no sobra.

La Virgen no promete milagros. Solo acompaña.

Referencias:

Brown, R. (1999). “Introducción al Nuevo Testamento”. Madrid: Trotta.

“Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos”. (2002). Calendario romano general. Vaticano.

“El Economista”. (2024). Día de la Candelaria: qué celebramos. https://www.eleconomista.com.mx

Instituto Nacional de Antropología e Historia. (2018). A propósito del Día de la Candelaria. https://www.inah.gob.mx

León-Portilla, M. (2003). “La visión de los vencidos”. México: UNAM.

López Austin, A. (1994). “Cuerpo humano e ideología”. México: UNAM.

UNAM Global. (2023). “El Día de la Candelaria en México”. https://unamglobal.unam.mx

Biblia de Jerusalén. (1998). Bilbao: Desclée de Brouwer.

* Historiadora con un enfoque en la investigación, la academia y la gestión educativa. Su formación incluye un Doctorado en Historia Global y múltiples maestrías, con especialización en Historia del Catolicismo, Arte Sacro y Gestión.

X: @Hemilse

Tambien le puede interesar: