Inicio COLUMNA Opinión. La conspiradora y el eco: María Josefa Ortiz de Domínguez

Opinión. La conspiradora y el eco: María Josefa Ortiz de Domínguez

por Agencia Zona Roja

Dulce Hemilse Hernández*

Hay una noche que la escuela en México repite: puerta cerrada, tacón que golpea, aviso que corre, campanas que llaman. Es una escena limpia, casi teatral. En ella, la patria nace con un sonido.

Pero en el archivo no hay sonido. Hay tinta, fórmulas jurídicas, frases que se doblan sobre sí mismas. En el expediente, María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón no aparece como eco, sino como riesgo.

En el Archivo General de la Nación, ramo Historia, vol. 375, exp. 12, ff. 23r–27v (1810), se consigna que en casa del corregidor se celebraban juntas con “sujetos inclinados a formar gobierno independiente”. 

La foja 27v alude a “la señora corregidora” como persona instruida de lo tratado. El lenguaje es administrativo, pero el subtexto es político: conocimiento implica complicidad.

En la “Correspondencia de Virreyes”, vol. 210, carta 145 (18 de septiembre de 1810), se informa al virrey Francisco Javier Venegas que “la mujer del corregidor resistió con firmeza” las órdenes destinadas a impedir comunicación con los implicados.

Resistir: verbo que en el registro colonial equivale a desafío.

En “Operaciones de Guerra”, vol. 14, exp. 8, f. 5r, queda asentada su reclusión en el convento de Santa Clara. El imperio, que minimiza a las mujeres en la retórica, no minimiza la amenaza en la práctica.

La conspiración de Querétaro no fue un acto súbito de rebeldía romántica. Fue el resultado de la crisis de legitimidad desencadenada por la invasión napoleónica a España en 1808. La abdicación de Carlos IV y Fernando VII que abrió un vacío soberano. En la Nueva España, ese vacío se tradujo en una pregunta: ¿quién gobierna en ausencia del rey?

La historiografía de Villoro (1953) a Anna (1990) ha mostrado que el primer impulso insurgente no fue separatista en sentido moderno, sino autonomista. Se hablaba de juntas soberanas, de representación local, de fidelidad condicionada.

En ese contexto, las tertulias de Santiago de Querétaro, en casa del corregidor Miguel Domínguez, reunían a actores como Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio Allende y Juan Aldama. La Corregidora no era anfitriona decorativa; era parte de un circuito de deliberación criolla ilustrada.

Aquí emerge una cuestión teórica clave: la cultura política como práctica cotidiana. No sólo discursos públicos, sino sociabilidad doméstica, redes de confianza, circulación de ideas. 

Las mujeres, situadas en el espacio doméstico, ocupaban nodos estratégicos en estas redes. Pero la narrativa escolar suele presentar a la Corregidora como excepción femenina. Sin embargo, el movimiento insurgente estuvo poblado por mujeres con roles diferenciados.

Leona Vicario, era miembro activa de la red de Los Guadalupes, financió la insurgencia, sirvió como informante y escribió en defensa de la causa. Su proceso judicial documenta interrogatorios, confiscación de bienes y reclusión. 

A diferencia de la Corregidora, Leona dejó abundante correspondencia política.

 Gertrudis Bocanegra, que en Michoacán, articuló redes de comunicación insurgente. Fue capturada y ejecutada en 1817. Su expediente judicial muestra una negativa a delatar compañeros, incluso bajo amenaza.

Manuela Medina que participó en combate armado bajo las órdenes de Morelos. Aquí la agencia femenina rompe el molde doméstico.

Comparadas con ellas, la Corregidora ocupa un punto intermedio: no combatiente armada, pero sí conspiradora política. Su capital simbólico posterior deriva de su inserción en el momento inaugural del levantamiento.

El episodio del “taconazo” aparece en crónicas decimonónicas, especialmente en Carlos María de Bustamante (1843). La escena cumple una función narrativa precisa: condensa en un gesto femenino el inicio de la acción insurgente.

Desde la teoría de la memoria colectiva (Halbwachs, 1950; Ricoeur, 2000), sabemos que la nación selecciona escenas fundacionales. Mario Carretero (2007) ha demostrado que los manuales escolares privilegian relatos heroicos que construyen identidad colectiva. En los libros de texto gratuitos de 1962, la imagen de la Corregidora golpeando el suelo inaugura el capítulo de la Independencia. La causalidad se simplifica: sin ella, no hay Grito de Dolores. Se invisibilizan procesos estructurales.

El error didáctico no es menor:

1. Simplificación monocausal: se reduce un proceso político complejo a un gesto individual.

2. Domesticación simbólica: se la presenta como esposa virtuosa antes que como agente política.

3. Anacronismo conceptual: se le atribuyen ideales democráticos modernos inexistentes en 1810.

La escena funciona porque es recordable, al ser recordable, desplaza la estructura. El expediente judicial colonial es un dispositivo de poder. Registra, clasifica, disciplina, que la Corregidora aparezca como “resistente” revela que el aparato colonial percibía agencia femenina.

Aquí conviene una lectura desde la historia cultural del poder (Foucault, 1975): el archivo no es neutral; es un mecanismo de vigilancia. Sin embargo, en su intento por controlar, deja rastros de aquello que teme.

El miedo del régimen a una mujer criolla ilustrada habla de la fragilidad del orden imperial. La puerta cerrada no era símbolo doméstico; era espacio político. La persistencia de la escena en la Nueva Escuela Mexicana muestra la dificultad de abandonar el mito fundacional. Incluso cuando se incorpora perspectiva de género, el relato conserva el núcleo dramático.

Carretero (2007) sostiene que la historia escolar oscila entre función identitaria y función crítica. La Corregidora ha sido instrumento de la primera. La pregunta no es si debemos desmontar el mito, sino cómo complejizarlo. Integrar archivo y memoria. Escena y estructura.

La historiografía crítica no busca derribar estatuas, sino devolverles espesor. María Josefa Ortiz no fue únicamente el tacón que resonó en la noche; fue parte de una red política que imaginó otra soberanía.

Comparada con Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra o Manuela Medina, su figura revela la diversidad de formas de participación femenina en la insurgencia. Cada una encarna un modo distinto de agencia: financiamiento, inteligencia, combate y conspiración. El archivo la muestra vigilada. La escuela la muestra heroica. Entre ambos registros se construye la nación.

Quizá el desafío contemporáneo sea enseñar la noche completa: no sólo el golpe en la puerta, sino la conversación previa, el miedo posterior, el convento silencioso, la tinta que dejó constancia de que el imperio temía a una mujer que pensaba políticamente.

Referencias 

Anna, T. E. (1990). “The fall of the royal government in Mexico City”. University of Nebraska Press.

Archivo General de la Nación (AGN). (1810). “Historia”, vol. 375, exp. 12.

Archivo General de la Nación (AGN). (1810). “Correspondencia de Virreyes”, vol. 210, carta 145.

Archivo General de la Nación (AGN). (1810). “Operaciones de Guerra”, vol. 14, exp. 8.

Bustamante, C. M. de. (1843). “Cuadro histórico de la revolución mexicana”.

Carretero, M. (2007). “Documentos de identidad”. Paidós.

Foucault, M. (1975). “Vigilar y castigar”. Siglo XXI.

Halbwachs, M. (1950). “La mémoire collective”. PUF.

Ricoeur, P. (2000). “La memoria, la historia, el olvido”. Trotta.

Villoro, L. (1953). “El proceso ideológico de la revolución de independencia”. UNAM.

*Historiadora con un enfoque en la investigación, la academia y la gestión educativa. Su formación incluye un Doctorado en Historia Global y múltiples maestrías, con especialización en Historia del Catolicismo, Arte Sacro y Gestión.

X: @Hemilse

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