Néstor Y. Sánchez Islas.
Somos testigos de episodios que retratan con precisión la relación entre la CNTE y el gobierno populista que padecemos. Después de semanas de hacernos la vida difícil, aquí y en la CDMX, la CNTE levantó sus protestas tras alcanzar “acuerdos” que incluyen una bolsa de 800 millones de pesos. Este hecho, que se repite cada año, nos obliga a abrir los ojos y ver que no estamos ante una lucha educativa o social, sino ante un mecanismo de presión política que ha aprendido a convertir la gobernabilidad en moneda de cambio.
Las vergonzosas razones de la CNTE para pausar su acciones contrastan con la historia heroica de la educación pública de Oaxaca.
Durante el siglo XIX, la educación fue concebida por las élites liberales como el instrumento fundamental para construir ciudadanía y fortalecer la república. El Instituto de Ciencias y Artes del Estado, fundado en 1827, se convirtió en uno de los proyectos educativos más ambiciosos del país. De sus aulas surgieron figuras como Benito Juárez y Porfirio Díaz. Aquellos grandes hombres entendieron que, en una entidad marcada por la pobreza, la dispersión geográfica y la diversidad étnica, la educación representaba casi la única apuesta por el progreso.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Oaxaca alcanzó niveles de prestigio educativo que hoy parecen difíciles de imaginar. El normalismo oaxaqueño se colocó a la vanguardia nacional. Las escuelas normales no solamente formaban docentes; formaban líderes comunitarios. El maestro rural era visto como un agente civilizador, un promotor de salud, un impulsor del desarrollo local y un puente entre el Estado y las comunidades más apartadas. ¿Cómo vemos hoy a los profesores? El repudio lo podemos leer en las redes sociales.
Cuando se habla de un apostolado, se refiere a aquellos profesores que, con resignación, aceptaban su difícil destino, sus largas caminatas, sus incómodas y precarias vidas y una serie de condiciones que antes y ahora son inaceptables. Para ellos, la educación era una misión pública.
La Revolución, y en especial José Vasconcelos, iniciaron un cambio profundo al federalizar la educación. Este hecho, propio de la visión de un estadista más que de un burócrata, encontró en los profesores el instrumento para la integración nacional y la movilidad social.
Pero desde entonces, algo cambió.
El surgimiento de la CNTE durante la década de 1980 respondió a demandas relacionadas con condiciones laborales, democratización sindical y atención a las regiones marginadas. Sin embargo, con el paso de los años, el movimiento fue acumulando un poder político extraordinario. En Oaxaca, la Sección 22 dejó de ser únicamente una organización gremial para convertirse en un actor capaz de condicionar decisiones gubernamentales, influir en procesos políticos y paralizar regiones enteras mediante bloqueos y plantones. No debemos olvidar que la misma CNTE ha sido un aliado del régimen populista actual, en lo federal, estatal y municipal.
Esta perversa alianza, sin embargo, no ha dado resultados positivos ni para Oaxaca ni para los estudiantes. Los indicadores nacionales de nivel educativo de Oaxaca marcan un enorme rezago. Mientras tanto, las negociaciones entre gobiernos y dirigencias sindicales se repiten con una liturgiaconocida: movilización, presión, daños a terceros y,finalmente, transferencias de recursos y concesiones políticas.
La situación resulta aún más paradójica cuando se observa el papel del actual gobernador, Salomón Jara y su equipo. Durante décadas formaron parte del mismo universo político que alimentó las protestas magisteriales y participaron en movimientos que cuestionaban a los gobiernos estatales por incapaces e insensibles. Hoy ocupan la máxima responsabilidad del poder ejecutivo estatal y enfrentan exactamente el problema que antes denunciaban: la incapacidad para garantizar gobernabilidad.
Los 800 millones de pesos anunciados no representan únicamente una cifra presupuestal. Simbolizan la corrupta relación entre el gobierno y algunos grupos políticos.
La frase atribuida a Álvaro Obregón —“nadie resiste un cañonazo de cincuenta mil pesos”— suele citarse para describir la corrupción política de otra época. Un siglo después, la expresión adquiere un significado distinto. Los montos son mayores, los mecanismos más sofisticados y las consecuencias más profundas.
La tragedia de Oaxaca no es únicamente educativa. Es moral e institucional. Un estado que alguna vez fue referente nacional en la formación de maestros se ha convertido en ejemplo de cómo la educación puede quedar subordinada a intereses políticos. Y mientras los adultos negocian poder y recursos, los niños paganla factura de décadas de fracaso.
nestoryuri@yahoo.com
