Néstor Y. Sánchez Islas
La pregunta inevitable es incómoda: ¿Podrá un alumno educado bajo el modelo de la Nueva Escuela Mexicana(NEM) o el PTEO competir por una beca internacional de ingeniería, desarrollar software o insertarse en sectores tecnológicos altamente especializados? En un mundo definido por la inteligencia artificial, la ciencia de datos y la automatización, la reducción del énfasis en el pensamiento lógico y matemático no es una postura pedagógica menor; es una decisión que impacta directamente en la movilidad social.
La reciente salida de Marx Arriaga de la SEP no es un simple relevo burocrático, expone la orientación ideológica que ha tomado la educación pública. Arriaga no fue un funcionario menor: fue el rostro visible de laNEM y del llamado “humanismo mexicano”, la narrativa pedagógica del obradorismo
Marx sustituyó el indispensable debate educativo por una convicción doctrinaria. Bajo el discurso de combatir la educación “neoliberal”, la SEP impulsó un modelo que deliberadamente se distancia de la educación por competencias, del énfasis en el mérito académico y de la preparación técnica orientada al mundo contemporáneo.
La NEM privilegia el comunitarismo. En principio, podría parecer positivo: la educación no debe producir individuos aislados ni insensibles a su entorno. Sin embargo, el problema es que sustituyen la enseñanza por el adoctrinamiento. El modelo de “campos formativos” va contra la enseñanza de matemáticas, ciencias y tecnología. El alumno deja de dominar disciplinas para abordar proyectos comunitarios que lo dejan sin herramientas académicas solidas.
El “humanismo mexicano” sostiene que la escuela debe priorizar lo colectivo sobre lo individual. Se pondera lo público, la ética comunitaria y el compromiso social, pero cuando los contenidos educativos se alinean explícitamente con una doctrina política -la lucha contra el neoliberalismo- la escuela se convierte en un campo de manipulación de la conciencia.
En este punto aparece Oaxaca.
La relación entre la Nueva Escuela Mexicana y el Plan para la Transformación de la Educación de Oaxaca (PTEO) es más estrecha de lo que oficialmente se reconoce. El propio gobierno federal ha admitido que la reforma educativa tomó inspiración de experiencias pedagógicas desarrolladas en estados con fuerte presencia de la CNTE. El PTEO, impulsado por la Sección 22, comparte el enfoque comunitario, la crítica al modelo de evaluación académica y la autonomía docente frente al Estado.
En lo político, la coincidencia es conveniente. Para el gobierno federal, integrar estas propuestas legitima su discurso de transformación, para el gobierno estatal, mantener la alianza con la 22 garantiza gobernabilidad. Pero el costo lo pagan los estudiantes.
Oaxaca tiene los niveles educativos más bajos del país y la escuela debería ser el principal mecanismo de igualdad. Sin embargo, la mezcla entre la NEM y el PTEO crea un sistema donde la prioridad no es elevar el rendimiento académico sino reforzar una visión comunitaria de la educación. La enseñanza de saberes locales, historia regional y prácticas comunitarias tiene valor cultural, pero no puede sustituir el aprendizaje riguroso de ciencias, matemáticas y habilidades digitales.
El discurso oficial rechaza la “competitividad” por considerarla individualista. Sin embargo, la competencia académica no es egoísmo: es la posibilidad de que un estudiante de origen humilde pueda ingresar a la universidad, obtener una beca o acceder a empleos de alto nivel.
La alianza entre gobiernos y la Sección 22, en los hechos, ha consolidado un modelo educativo nocivo para Oaxaca. Mientras otras regiones del mundo refuerzan la enseñanza STEM y la alfabetización digital avanzada, los estudiantes oaxaqueños reciben una educación crecientemente orientada al entorno inmediato. El resultado puede ser paradójico: en nombre de la justicia social, se perpetúa la desigualdad estructural.
La educación pública debe formar ciudadanos críticos, pero también profesionales capaces, aunque sabemos que para la 4T lo importante es la lealtad más que la eficacia. Cuando la escuela se convierte en vehículo de adoctrinamiento político, pierde su función. El riesgo no es ideológico, es social. Una generación sin herramientas científicas ni tecnológicas suficientes no queda liberada del mercado; queda excluida de él.
La salida de Arriaga es un alivio para la educación pública. Ahora debemos luchar por que en Oaxaca se le quite a la Sección 22 el control de esta. No debemos tolerar que prevalezcan los privilegios de la mafia sindical por encima del futuro de los estudiantes, mucho menos educarlos en la creencia que el mundo se reduce a la pequeña comunidad en que nacieron. Hay que abrir a esos niños los ojos al mundo.
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