Néstor Y. Sánchez Islas
Oaxaca ha sido durante décadas un referente internacional cultural. Pero esa fama nació de algo muy específico: aquí la cultura no era un espectáculo, era una forma de organizar la vida social. Estaba en el sistema de cargos, en las fiestas patronales, en la cocina ritual, en la economía comunitaria y en la relación con el calendario agrícola. No era algo que se miraba; era algo que se practicaba.
Hoy comienza a ocurrir algo distinto: Oaxaca está pasando de vivir su cultura a representarla.
No se trata simplemente del crecimiento del turismosino de un cambio más profundo: la sustitución de la cultura vivida por la cultura escenificada. El sociólogo Guy Debord describió este proceso como la “sociedad del espectáculo”: cuando la realidad social empieza a organizarse alrededor de su imagen. Lo importante deja de ser lo que la comunidad hace y pasa a ser lo que puede fotografiarse.
El punto de inflexión fue la película “Spectre” del agente 007 de 2015 que inventó un desfile de Día de Muertos en la Ciudad de México. No existía como tradición urbana. Tras el estreno, el gobierno oaxaqueño lo copió y lo replicó. La ficción generó la práctica. Dos años después, “Coco”, otra película Disney, fijó globalmente una iconografía del México indígena: panteones iluminados, caminos de flores perfectamente ordenados y alebrijes como guías espirituales. Desde entonces, muchas celebraciones en Oaxaca han adoptado una estética que se parece más a esa narrativa visual que a las prácticas regionales históricas.
El problema no es la adopción de nuevas formas, sino la dirección del cambio. Antes las fiestas se organizaban desde la comunidad hacia afuera; ahora tienden a organizarse desde la expectativa del visitante hacia adentro. El antropólogo Dean MacCannell llamó a esto “autenticidad escenificada”: prácticas reorganizadas para cumplir la expectativa turística.
Las calendas y convites tenían funciones sociales precisas: identidad y reciprocidad. Hoy, cada temporada vacacional requiere un desfile. La cultura se ha vuelto programación. La política cultural se mide por la cantidad de festivales y desfiles, no por la continuidad de las prácticas comunitarias.
Un ejemplo emblemático es el de los alebrijes. Los originales surgieron en la Ciudad de México como figuras de cartonería creadas por Pedro Linares en el siglo XX. Décadas después, artesanos oaxaqueños adaptaron la idea a la talla en madera como actividad económica. Ese proceso es normal en cualquier cultura viva. El problema aparece cuando un objeto comercial contemporáneo es presentado como símbolo espiritual ancestral y luego difundido internacionalmente como esencia prehispánica.
Ahí opera lo que Jean Baudrillard llamó el simulacro: una representación que ya no remite a un origen histórico, sino a otra representación previa.
La cultura empieza a parecerse más a su versión turística que a su historia social.
Paralelamente, las instituciones culturales han cambiado de función. Tradicionalmente debían investigar, documentar, formar y preservar. Hoy actúan principalmente como productoras de eventos. La cultura se evalúa por asistencia y derrama económica. Aquí encaja la crítica de Adorno y Horkheimer sobre la mercantilización cultural: cuando la cultura se convierte en industria, su valor simbólico es sustituido por su valor comercial.
En ese momento ocurre una inversión delicada: la comunidad deja de ser sujeto cultural y se vuelve escenografía.
La paradoja es evidente. Oaxaca se promociona como auténtica, pero cuanto más necesita mostrar autenticidad, más debe representarla. Y cuanto más la representa, más la simplifica. La ciudad comienza a parecerse a la idea que el visitante extranjero tiene de México, no a la complejidad social que realmente la produce.
No estamos ante la desaparición de la cultura. Las comunidades siguen generándola cotidianamente. El problema es su desplazamiento del espacio público central: la cultura viva ocurre en barrios y pueblos; en el centro urbano ocurre su puesta en escena.
El riesgo no es el turismo ni la modernización. El riesgo es la dependencia de una narrativa externa, especialmente la construida para el entretenimiento. Cuando la identidad local comienza a organizarse para coincidir con esa narrativa, la cultura deja de evolucionar por necesidad social y empieza a hacerlo por demanda del mercado.
Entonces la cultura ya no se transforma: se coreografía.
Y una cultura coreografiada puede atraer visitantes, pero debilita el tejido social que originalmente la hizo posible. Oaxaca corre el riesgo de convertirse en un escenario habitado: un lugar que representa permanentemente lo que antes era.
Mientras tanto, acomodémonos para ver el desfile del “carnaval”; a ver si no en Veracruz o Mazatlán hacen su Guelaguetza.
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