Dulce Hemilse Hernández Matías*
Oaxaca, 1975–1979.
El archivo no narra historias, las ordena.
El archivo no describe paisajes ni explica contextos: los clasifica. Sin embargo, basta abrir un expediente de la Dirección Federal de Seguridad para que la geografía se imponga sobre el papel.
Aparecen nombres de pueblos, rutas, sierras. Aparecen Tuxtepec, Loma Bonita, la Sierra Chinanteca. Aparecen fechas, iniciales, sellos. Y, en algún punto de esa cartografía administrativa, aparece un nombre que no pertenece al campo semántico de la guerrilla ni al léxico habitual de la subversión armada: Sergio Méndez Arceo.
No aparece como imputado, no aparece como acusado.
Aparece como mención, ese detalle mínimo, preciso es el punto de partida de esta historia.
En los años setenta, el sur de Veracruz y el norte de Oaxaca constituyen una zona de interés permanente para los aparatos de seguridad del Estado mexicano.
No por razones ideológicas abstractas, sino por una combinación concreta de factores: organización campesina, circulación de armas, rutas de comunicación, economías regionales tensas.
En ese mapa, San Juan Bautista Tuxtepec funciona como nodo: un punto de cruce entre la cuenca del Papaloapan, la selva chinanteca y las rutas comerciales.
Los documentos de la DFS muestran una lógica constante: antes del nombre propio aparece el territorio.
Primero se describe la zona, luego los grupos que operan en ella, finalmente las personas que el Estado considera relevantes para su vigilancia, el archivo no personaliza de inmediato. Contextualiza.
El 1976 comienza con un hecho que activa una secuencia de reportes. En enero, un asalto bancario en Loma Bonita sucursal Banamex, aparece en la prensa regional y nacional, la noticia fija el acontecimiento y el archivo lo convierte en procedimiento.
En los informes se detallan horarios, trayectorias, vínculos posibles. Loma Bonita no es solo el lugar del asalto es un punto dentro de una red mayor. La economía piñera aparece como telón de fondo.
El conflicto social se vuelve hipótesis operativa, el nombre del grupo armado comienza a circular en los documentos.
Así se construye una serie: un hecho, un territorio, una estructura.
El Partido Proletario Unido de América (PPUA) había sido fundado el 10 de enero de 1975. En las reconstrucciones históricas basadas en archivo, Florencio “El Güero” Medrano aparece como su principal dirigente.
La DFS lo sigue no por su biografía personal, sino porque representa una estructura organizada con capacidad de movilización.
La Sierra Chinanteca es señalada como base operativa y corredor estratégico. La frontera Oaxaca–Veracruz ofrece repliegue, movilidad y protección natural. Los informes describen desplazamientos, campamentos, zonas de influencia, no hay lenguaje épico, hay lenguaje técnico.
Entre 1976 y 1979, la Chinantla se convierte en un espacio permanentemente observado. La prensa registra algunos episodios. el archivo los integra a una narrativa de vigilancia continua.
La Dirección Federal de Seguridad produce documentos para administrar el riesgo. En esa tarea, clasifica personas, grupos y vínculos, el archivo no es neutral: responde a una lógica de control.
Pero tampoco es arbitrario, funciona por acumulación de información, por reiteración de nombres, por cruces.
Es en ese proceso donde aparece, de manera lateral, el nombre de Sergio Méndez Arceo. Los estudios que han trabajado con el Fondo DFS citan signaturas concretas por ejemplo, DFS 11-249-77, Libro 4, Hojas 211–217 en las que el obispo es mencionado dentro del universo de vigilancia asociado al PPUA y a la región oaxaqueña.
No hay expediente penal, no hay acusación formal.
Hay registro.
En los años setenta, ser mencionado en un documento de la DFS no es un gesto inocuo. El archivo produce efectos, incluso cuando no deriva en acción judicial. Nombrar es incorporar a una red de observación.
Aquí es fundamental la precisión: Méndez Arceo no aparece como actor armado ni como dirigente local. Aparece porque su perfil público, su palabra crítica, su cercanía con movimientos sociales, su intervención en conflictos lo vuelve relevante para la lógica del Estado.
Mientras la selva es vigilada, la palabra circula.
En Cuernavaca, la llamada Misa Panamericana funciona desde principios de los años setenta como un espacio de enunciación pública.
Las homilías no se quedan en el templo: se imprimen, se reproducen, se discuten.
Son palabra religiosa con impacto político. La DFS no vigila solo armas, vigila discursos, vigila autoridades morales que pueden incidir en la organización social.
El nombre del obispo entra al archivo por esa vía indirecta: la palabra.
En 1981, años después del arco oaxaqueño, Méndez Arceo pronuncia una homilía que quedará registrada en la prensa nacional. En ella decreta la excomunión de quienes practican la tortura y pronuncia una frase que resume su posición ética:
“Excomulgo a los torturadores… le temo a mi conciencia.”
La cita es posterior a los hechos documentados en Oaxaca, pero resulta clave para entender el perfil que el Estado ya había identificado, la homilía no provoca el expediente, dialoga con él.
La palabra no genera la vigilancia, la confirma, la prensa narra.
El archivo clasifica.
Loma Bonita existe en ambos registros. La Sierra Chinanteca, sobre todo en uno, la crónica literaria de investigación no los confunde los pone en diálogo, señala sus diferencias, aprovecha sus coincidencias. La prensa aporta el acontecimiento y el archivo, la estructura.
Humanizar aquí no significa psicologizar ni absolver, significa poner cuerpo donde hay papel e imaginar la oficina donde se escribe el informe.
Pensar en la homilía que circula impresa y entender que el nombre del obispo entra al expediente porque el Estado teme a las palabras tanto como a las armas.
Entre 1975 y 1979, Oaxaca fue territorio, fue economía, fue archivo. En ese cruce, un nombre propio quedó anotado: Sergio Méndez Arceo.
Ese gesto mínimo, la mención dice más sobre el funcionamiento del poder que muchas declaraciones grandilocuentes.
El archivo no condena solo registra y en ese registro deja huellas que, décadas después, permiten leer una época.
La historia responsable aprende a leer esos gestos pequeños, a no exagerarlos, a no minimizarlos.
A entender que, basta con un nombre escrito en una hoja para iluminar una relación compleja entre Iglesia, Estado y conflicto social en el México del siglo XX.
A veces, basta con eso.
Sergio Méndez Arceo no era un nombre lateral en la Iglesia mexicana del siglo XX. Obispo de Cuernavaca desde 1952, atravesó tres décadas decisivas del catolicismo contemporáneo y salió de ellas convertido en una figura incómoda.
Participó en el Concilio Vaticano II y volvió con una idea simple y difícil de sostener: que la Iglesia no podía seguir hablando como si el mundo no estuviera ocurriendo.
Mientras en América Latina se abría paso con conflicto interno y vigilancia externa el clima teológico y pastoral que más tarde se leería bajo el rótulo de Teología de la Liberación, Méndez Arceo empujó una fe con consecuencias públicas: pobreza, represión, presos, dictaduras.
No fue un teólogo de sistema ni un operador clandestino; fue un obispo que eligió exponerse. En 1970, en una conferencia organizada por estudiantes en Puebla, soltó una frase que en esos años funcionaba como un fósforo en un cuarto cerrado: “la Palabra de Dios es lo más explosivo y revolucionario que existe para la transformación de las personas, de la Iglesia y de la sociedad”.
Esa clase de afirmaciones no se quedaban en la liturgia: se reproducían, se discutían, se anotaban.
Por eso su nombre resulta legible para un archivo de seguridad: no por lo que hiciera en Oaxaca, sino por lo que su voz representaba en el espacio público, incluso dentro de la propia Iglesia.
Notas finales
Archivo General de la Nación (AGN), Fondo Dirección Federal de Seguridad (DFS). Referencias a expedientes citadas por signatura en estudios especializados (p. ej., DFS 11-249-77, L.4, H.211–217).
Hemeroteca nacional y regional (1976–1979) para la cobertura del asalto bancario en Loma Bonita y operativos en la región Tuxtepec–Chinantla.
Homilía de Sergio Méndez Arceo (1981), citada en prensa nacional, utilizada como clave interpretativa del perfil público del obispo.
Criterio metodológico: distinción estricta entre mención en archivo, acción documentada y palabra pública.
*Historiadora con un enfoque en la investigación, la academia y la gestión educativa. Su formación incluye un Doctorado en Historia Global y múltiples maestrías, con especialización en Historia del Catolicismo, Arte Sacro y Gestión.
X: @Hemilse
