Dulce Hemilse Hernández Matías*
Cada vez que cambian los libros de texto en México, el país se divide. Unos dicen que son propaganda. Otros dicen que son liberadores. Pero hay algo que casi nadie dice con claridad: los libros de historia nunca han sido neutrales. Nunca.
Desde que existe la escuela pública moderna, en el siglo XIX, los manuales no solo enseñan fechas. Enseñan quiénes somos. Organizan el pasado para que exista un “nosotros”. Eso no es conspiración. Es parte del diseño mismo de la educación nacional.
El historiador y psicólogo español Mario Carretero lo explica muy bien: la historia escolar siempre camina entre dos funciones. Una es identitaria nos da origen, héroes, sentido de pertenencia.
La otra es crítica nos enseña a analizar fuentes, cuestionar versiones y entender que el pasado tiene muchas miradas. Esa tensión no desaparece con cada reforma. Solo cambia de forma.
Por eso el debate sobre los Libros de Texto Gratuitos de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) no es solo una pelea política.
Es una discusión sobre qué país queremos narrar y qué tipo de ciudadanos queremos formar.Cuando se acusa a un libro de texto de tener ideología, la conversación suele quedarse en el grito. Pero la investigación educativa es más precisa.
Carretero y otros investigadores han estudiado cómo niñas y niños cuentan el “Descubrimiento de América”. ¿Qué encontraron? Que tienden a repetir esquemas muy claros: héroes centrales, división entre “nosotros” y “ellos”, y una sensación de que todo ocurrió de manera inevitable. Es decir, la historia escolar se entrelaza con identidad nacional.
Otro hallazgo interesante: cuando los estudiantes miran una imagen clásica, como la llegada de Colón, no solo observan. Interpretan. Si el libro presenta la escena como encuentro pacífico, eso leen. Si la presenta como invasión violenta, eso comprenden. El sentido no está solo en la imagen, sino en cómo el texto la encuadra.
Ahí está la clave: el sesgo no siempre aparece en frases escandalosas. A veces está en lo que se omite. En los adjetivos. En qué personajes tienen voz y cuáles no.
La propia Unesco ha desarrollado guías para revisar libros escolares. No parten de la idea de que exista neutralidad absoluta. Más bien proponen algo más sensato: transparencia, equilibrio y múltiples perspectivas.
La ideología es inevitable. El adoctrinamiento no.
México creó en 1959 la Conaliteg, un proyecto editorial estatal que ha marcado generaciones. Desde entonces, cada reforma educativa ha prometido un giro profundo.
Sin embargo, los estudios muestran algo interesante: aunque cambien enfoques más historia social en los setenta, más competencias en los noventa la estructura nacional del relato permanece. El libro sigue contando la historia de México como una construcción común que nos cohesiona.
Los libros recientes de la NEM incorporan lenguaje sobre interculturalidad, justicia social y decolonialidad. Es un cambio importante en el tono y en las categorías. Pero eso no significa que hayan dejado de cumplir la función tradicional: narrar la nación.
Más que ruptura total, lo que vemos es reconfiguración. La discusión se volvió más intensa cuando surgieron críticas sobre el proceso de elaboración, la revisión académica y algunos contenidos específicos. El tema llegó incluso a la Suprema Corte de Justicia.
La destitución de Marx Arriaga volvió a encender el debate. Más allá de simpatías o antipatías, el episodio dejó claro algo fundamental: los libros de texto no son solo herramientas pedagógicas. Son instrumentos políticos.
Francia y Alemania elaboraron un manual conjunto para narrar su historia común después de guerras devastadoras. Alemania y Polonia crearon comisiones bilaterales para revisar cómo se representaban mutuamente.
En Japón, una palabra en un libro de historia puede provocar tensiones diplomáticas. En Texas, los debates sobre manuales escolares enfrentan a grupos conservadores y progresistas.
El libro de historia es un campo de batalla simbólico en todo el mundo.México no es una excepción. No si los libros tienen ideología. Porque claro que la tienen, la pregunta importante es otra: ¿Fomentan pensamiento crítico?
Si un libro ofrece preguntas abiertas, fuentes y contexto, puede tener una postura clara y aun así formar ciudadanos críticos.Pero si presenta una sola versión como verdad absoluta y cierra el debate, entonces deja de educar y empieza a adoctrinar.
Hay algo que rara vez se menciona: ningún libro funciona solo.Un docente puede convertir un texto sesgado en una oportunidad de análisis. Y también puede transformar un libro equilibrado en dogma si lo enseña sin cuestionarlo.
La didáctica de la historia insiste en enseñar a contextualizar, comparar, corroborar. Eso depende más del aula que del papel.
Los libros de la Nueva Escuela Mexicana deben evaluarse con análisis serio, no con consignas. La evidencia indica que mantienen la función nacionalizante de siempre, pero con nuevos marcos discursivos.
La controversia reciente revela la dimensión política del currículo. Pero reducir la discusión a acusaciones de “adoctrinamiento” o “traición” empobrece el debate.
La historia escolar no puede dejar de formar identidad. Eso es parte de su naturaleza, lo que sí puede y debe hacer es formar identidad con pluralidad, rigor y honestidad intelectual. Ahí está el verdadero desafío, y ese desafío no se resuelve gritando más fuerte, sino leyendo mejor.
*Historiadora con un enfoque en la investigación, la academia y la gestión educativa. Su formación incluye un Doctorado en Historia Global y múltiples maestrías, con especialización en Historia del Catolicismo, Arte Sacro y Gestión.
X: @Hemilse
